"UN HOMBRE QUE VIVIÓ DE RODILLAS"

DAVID BRAINER
David Brainerd, cuya pasión por la oración ilumina la Obra misionera, nació en Norteamérica, el 20 de abril de 1718, de padres piadosos, Despertado por el Espíritu de Dios en su adolescencia, halló la salvación cuando tenía veinte años. Asistió durante los próximos tres años al College de Yale, del cual fue expulsado injustamente por una expresión indiscreta, procedente, no de malicia contra su profesor, sino de su celo juvenil por la religión genuina. Su diario alienta sólo un espíritu de benevolencia y perdón hacia los que le injuriaron tan gravemente. Empezó a predicar a la edad de veinticuatro años, y trabajó entre los indios de New Jersey y Pensilvana desde 1743 a 1747. Un ministerio breve, pero maravilloso. El éxito del ministerio de Brainerd se debe, sin lugar a dudas, a su sobresaliente vida de oración. Orar le parecía tan natural como respirar, y muchas veces pasaba toda la noche en oración, en ocasiones en plena lluvia o nieve. Muchas veces era presa del desaliento, y a menudo se sentía abatido y deprimido por las condiciones de su obra entre los indios. Parecían no responder el mensaje de amor de Dios como hubiera deseado que lo hicieran. Pocos han sacrificado tanto, y tan alegremente, como David Brainerd, con el fin de llevar el evangelio a los inconversos. Durante casi toda su vida misionera estuvo privado del compañerismo de sus amigos. Acrecía de comodidades. Con frecuencia se encontraba en graves peligros, y a menudo, le era difícil obtener comida apropiada. A pesar de todas estas pruebas, ni una sola vez pensó en darse por vencido. En muchas ocasiones, y por mucho tiempo, estuvo enfermo, y no tenía a nadie que lo cuidara en su quebrantamiento de salud. Esto lo hizo sentirse muy abatido y desalentado. Uno de los intérpretes de David aprendió mucho acerca del Señor Jesucristo en esta obra. Brainerd estaba seguro de que el joven todavía no había aceptado a Cristo como su Salvador, pero se dio cuenta de que el mensaje había dejado una honda impresión en él. Un día, el joven nativo llegó muy angustiado, y le preguntó: "¿Qué debo hacer para ser salvo? Brainerd le dio al joven la misma respuesta que San Pablo diera al carcelero en Filipos: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo". Este joven llegó a ser ayudante más fiel y valioso que tuvo David, le ayudó a comprender las ideas y las costumbres del pueblo indígena. Dios bendijo el ministerio de este misionero a los indios de una manera maravillosa. Repentinamente, y sin que supiera por qué, los nativos empezaron a asistir a las reuniones, pidiendo ayuda espiritual. Por varias semanas, los indios continuaban llegando en gran número, y muchos de ellos respondieron cuando se les invitó a aceptar a Cristo. Por primera vez, pudo ver fruto de su ministerio. El apogeo de este avivamiento,llegó aquel día en que asistieron personas de toda clase y edad. Muchos de ellos habían sido borrachos notorios desde hacía años, pero en esa ocasión llegaron para escuchar el mensaje de salvación y entregarse al Salvador. David amaba sinceramente a los indígenas, y ellos se daban cuenta de que él había dejado todo para traerles el mensaje de salvación.
Terminó su carrera terrenal en la casa del celebrado Jonathan Edwards, con cuya hija Brainerd estaba comprometido para casarse. Fue apropiado que la historia de su vida fuera escrita en su Diario y en su Diario íntimo, editados por este amigo devoto y afectuoso, y durante los últimos ciento cincuenta años el libro ha sido fuente de bendición y de estímulo a toda la Iglesia de Cristo.
¡Una vida tan joven, y tan hermosamente sacrificada en honor del Maestro! Lo que David Brainerd escribió a su hermano, Israel, es para todos los cristianos de cualquier época un desafío: «Digo, ahora que estoy muriendo, que ni por todo lo que hay en el mundo habría yo vivido mi vida de otra manera».
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